Literatura árabe — Historia

La literatura árabe se despliega a lo largo de más de quince siglos, de la poesía preislámica a las grandes obras del periodo medieval. Recorrido por sus grandes épocas.

La Yahiliyya, la época llamada «de la ignorancia»

La Yahiliyya —palabra cuya raíz evoca la ignorancia— designa el periodo preislámico, tanto por el paganismo que reinaba en la península arábiga como por contraste con la sabiduría que el islam aportó. En el plano literario, sin embargo, el periodo distaba de estar inactivo: era esencialmente poesía, pero una poesía abundante y muy elaborada en métrica y temas. La sociedad árabe-beduina transmitía su herencia de forma casi exclusivamente oral, dando gran importancia a la memoria —épica, genealógica y literaria. La poesía consignaba las hazañas de las tribus y ofrecía una forma propicia a la memorización; el poeta tenía un papel central, y su talento determinaba con qué fuerza se oía la voz de su tribu. Se organizaban justas poéticas en los mercados anuales.

Ciertos temas estaban consagrados: el prólogo evocaba los vestigios del campamento de la amada, seguía un relato de viaje, y luego el poeta entraba en materia (jactancia, panegírico, treno, sátira, versos galantes o báquicos). Las piezas más célebres que nos han llegado son las Mu‘allaqāt («Las suspendidas»), así llamadas porque habrían estado colgadas en los muros de la Kaaba de tan veneradas. Cinco poetas son comunes a todas las listas: Imru’ al-Qays, Tarafa, Zuhayr, ‘Amr ibn Kulthūm y Labīd.

La época coránica

Por su sacralidad y su origen considerado divino, el texto coránico tuvo un papel considerable en la elaboración de la prosa literaria árabe. Fue la referencia primera de los gramáticos: el habla correcta tenía por fuente el Corán y, en su defecto, la poesía. En cuanto al estilo, el Corán presenta numerosas formas (narración, exhortación, parábolas) y abunda en figuras; redactado en gran parte en prosa rimada según un ritmo propicio a la salmodia —sobre todo las suras mecanas—, rebosa de asonancias, metáforas y alegorías. Al afirmar su propia inimitabilidad, colocó a los autores en una postura paradójica: el texto se imponía como modelo, pero no podía decentemente imitarse. Los hadices influyeron también, pues el Profeta era considerado el más elocuente de los árabes. El panegírico del Profeta nació en vida de este, y la célebre Burda de Ka‘b ibn Zuhayr fijó una forma aún imitada hoy.

La época omeya

El hecho mayor de este periodo es el desplazamiento del poder hacia el Shām (Damasco) y la creación de un estado elaborado. La administración naciente y la vida de corte propiciaron una poesía cortesana y una prosa destinada a la educación de los príncipes: el adab, que hoy traducimos por «literatura» pero que designaba inicialmente la «buena conducta» —equivalente a los «espejos de príncipes» de Occidente. Es también la época en que se traducen las obras griegas, persas e indias; un nombre clave: Ibn al-Muqaffa‘ (720-756), llamado padre del adab. La vida de corte rebajó a menudo a los poetas al rango de cortesanos —inicio del panegírico y la sátira profesionales—, mientras las ciudades de la península seguían cultivando el tema cortés (‘Umar ibn Abī Rabī‘a, Farazdaq, Yarīr, o Qays «Maynūn Laylà»).

La época abasí y medieval

El imperio omeya cayó en 750, dando paso al abasí, instalado en Bagdad. Es la época del califa Hārūn al-Rashīd (763-809) y de Las mil y una noches —aunque sería erróneo ver en esos relatos un género mayor: eran historias populares, sin importancia a ojos de los letrados (la ficción fue mal vista en el mundo árabe-musulmán hasta la época moderna). Excepciones célebres: Kalīla wa Dimna (adaptado por Ibn al-Muqaffa‘) y las Maqāmāt de al-Hamadhānī (968-1008). Las recopilaciones temáticas fueron muy apreciadas: al-Yāhiz (776-867) escribió sobre temas variadísimos; Abū al-Faraŷ al-Isfahānī (897-967) es autor del Kitāb al-Aghānī. La poesía tendió al refinamiento (Abū Nuwās, cantor del vino), y el más célebre poeta árabe de todos los tiempos, al-Mutanabbī (915-965), brilló como panegirista, satírico y filósofo en verso. A ello se añaden la historia —con Ibn Jaldūn (1332-1406), considerado padre de la sociología— y los relatos de viaje del infatigable Ibn Battūta (1304-1377).

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