Los siete aḥruf del Corán (al-aḥruf al-sabʿa): anatomía de un enigma exegético

Resumen. — Un hadiz transmitido por al-Bujârî y Muslim afirma que el Corán «descendió según siete aḥruf». Doce siglos de exégesis no han logrado establecer qué designa esa palabra: Ibn Ḥibbân ya recogía treinta y cinco opiniones, todas las cuales juzgaba plausibles. Este artículo expone el expediente: el corpus de hadices, las grandes interpretaciones y sus callejones sin salida, la tipología real de las variantes transmitidas, la historia material del texto a la luz de los manuscritos, y el nudo teológico. Se verá que el error más extendido hoy, la identificación de los siete aḥruf con las siete lecturas canónicas de Ibn Muyâhid, fue denunciado ya en el siglo V/XI por los propios especialistas, y que la tradición produjo sobre esta cuestión una crítica más radical que la de muchos orientalistas.

El expediente textual

El relato más citado presenta a ʿUmar b. al-Jaṭṭâb oyendo a Hishâm b. Ḥakîm b. Ḥizâm recitar la azora al-Furqân de una manera que no era la suya. ʿUmar lo agarra por el manto, lo lleva ante el Profeta y oye como respuesta que ambos recitan correctamente, pues «este Corán descendió según siete aḥruf: recitad de él lo que os resulte fácil»1. Su autenticidad no está en cuestión; lo que sí lo está es su objeto.

Conviene subrayar de entrada un punto: el hadiz no define nada, autoriza. Su función narrativa es desactivar un conflicto entre dos recitadores, no exponer una doctrina de la variación. De ahí procede toda la dificultad: se ha pedido a un texto que zanje una cuestión que él no plantea.

Una segunda familia de relatos, transmitida sobre todo de Ubayy b. Kaʿb, cuenta una negociación. Yibrîl acude al Profeta y le propone recitar el Corán según un solo ḥarf; Mîkâʾîl, sentado a su izquierda, le invita a pedir más; y así se asciende, por grados, hasta siete, «todos ellos curativos y suficientes» (kulluhâ shâfin kâfin)2. Una variante desplaza el acento hacia la misericordia: el Profeta implora el perdón de Dios para su comunidad, «pues mi comunidad no es capaz de ello». Otra precisa el motivo — «he sido enviado a una comunidad de iletrados: entre ellos están el muchacho, el sirviente, el anciano decrépito, la anciana» —, a lo que Yibrîl responde: «que reciten, pues, el Corán según siete aḥruf»3.

He aquí un punto doctrinal poco señalado: en su propia lógica, el hadiz funda la pluralidad no en una riqueza semántica, sino en una debilidad humana. Los siete aḥruf son ahí una rujṣa, una dispensa concedida a recitadores desiguales.

El corpus mismo no concuerda sobre la cifra. Un relato de Samura b. Yundub habla de tres aḥruf; la versión dominante da siete, transmitida de Ubayy b. Kaʿb, ʿUmar, Abû Hurayra, Muʿâdh b. Yabal, Samura e Ibn ʿAbbâs; un relato atribuido a ʿAlî b. Abî Ṭâlib cuenta diez4. Este último es revelador, pues ya no habla en absoluto de lo mismo: «el Corán descendió según diez aḥruf: albriciador y advertidor, abrogante y abrogado, exhortación y parábola, unívoco y equívoco, lícito e ilícito». No son maneras de recitar, sino categorías de contenido. La misma palabra, ḥarf, designa aquí algo enteramente distinto, lo que bastaría para mostrar que el término era ya, para los transmisores, una casilla vacía.

Varias versiones añaden por último un límite: se puede recitar como se quiera, «mientras no se remate una aleya de castigo con una mención de misericordia, ni una aleya de misericordia con una mención de castigo»5. Una variante de Ubayy precisa incluso la naturaleza de las sustituciones permitidas: samîʿan ʿalîman, ʿazîzan ḥakîman, es decir, las cláusulas finales de aleya formadas por nombres divinos. Una versión de Abû Bakra añade, a modo de ejemplo: «como cuando dices taʿâl, aqbil, halumma, idhhab, asriʿ, aʿyil».

Esta cláusula es quizá el indicio más concreto del corpus: sugiere que la variación afectaba a la forma — cláusulas intercambiables, sinónimos — y no al fondo, cuya integridad es precisamente lo que la cláusula protege.

¿Qué es un ḥarf? Inventario de las respuestas

Hay que empezar por una constatación que la propia tradición asume: el sentido de la palabra ḥarf en este hadiz nunca ha quedado establecido. Ibn Ḥibbân (m. 354/965) recogía treinta y cinco opiniones de sabios y filólogos, añadiendo que «estas opiniones se parecen unas a otras y todas son plausibles», recuento que al-Suyûṭî retoma en al-Itqân6.

Semejante profusión no es señal de riqueza doctrinal: es el síntoma de un dato perdido. Desde el siglo III/IX, los sabios razonan sobre un término cuyo uso vivo se les escapa. Y que Ibn Ḥibbân juzgue las treinta y cinco opiniones «todas plausibles» es una confesión: ningún criterio permitía dirimir.

Los siete dialectos

La interpretación más difundida hace de los siete aḥruf siete dialectos (lughât) de tribus árabes. Un relato atribuido a Ibn ʿAbbâs sostiene que cinco de los siete correspondieron al ʿaŷz Hawâzin: Zaqîf, Banû Saʿd b. Bakr, Banû Ŷusham y Banû Naṣr b. Muʿâwiya. Ibn ʿAbd al-Barr juzga este relato no establecido en su transmisión7.

La tesis tropieza con una objeción interna de peso, que los clásicos vieron: la disputa entre ʿUmar y Hishâm enfrenta a dos qurayshíes. Si los siete aḥruf fueran siete dialectos tribales, dos hombres de la misma tribu no habrían tenido motivo alguno para divergir. Ibn al-Yazarî rechaza además explícitamente la identificación de los aḥruf con siete lughât8. Por lo demás, las listas de tribus propuestas varían según los autores — Quraysh, Hudhayl, Zaqîf, Hawâzin, Kinâna, Tamîm, Yemen, en combinaciones inestables —, lo que delata una reconstrucción a posteriori más que un recuerdo.

La licencia de sinonimia

Una segunda línea entiende los aḥruf como la licencia de emplear un sinónimo. Es la novena opinión recogida en al-Itqân: «siete maneras de decir, de sentidos concordantes, mediante expresiones distintas, como aqbil, taʿâl, halumma, ʿaŷŷil, asriʿ». Al-Qurṭubî la convierte en la posición principal en la introducción de su comentario, y sitúa bajo ella a al-Ṭabarî y a al-Ṭaḥâwî; este último funda la licencia en la dificultad que tenían los grupos dialectales para pasar de una lengua a otra, permitiéndose la divergencia de las palabras «siempre que el sentido concuerde»9.

El expediente contiene un caso célebre, referido por Ibn Ŷinnî (m. 392/1002) a propósito de Corán 9, 57. Al-Aʿmash relata haber oído a Anas b. Mâlik recitar yaŷmizûn allí donde el texto recibido tiene yaŷmaḥûn. Se le objeta: «¿qué es yaŷmizûn? ¡Es yaŷmaḥûn!» Anas responde: «yaŷmaḥûn, yaŷmizûn y yashtaddûn son una sola y misma cosa»10.

Se imponen dos precisiones que la literatura secundaria suele escamotear. Primero, la objeción está formulada en pasiva impersonal (qîla lahu, «se le dijo»): nada autoriza a atribuirla a al-Aʿmash, que no es sino el transmisor de la escena. Segundo — y esto importa más — Ibn Ŷinnî no suscribe la lectura que se le atribuye. Escribe que el sentido aparente (ẓâhir) de la anécdota es que los antiguos «leían una palabra en lugar de su equivalente sin que ninguna lectura anterior lo hubiera establecido, por la sola concordancia de sentido»; reconoce acto seguido que «este es un punto donde el adversario hallaría materia de crítica»; y a continuación neutraliza la dificultad postulando que las tres palabras eran ya, en realidad, lecturas transmitidas, y que el hadiz de los siete aḥruf las cubre todas. Su invocación de los aḥruf es, pues, exculpatoria, no demostrativa.

Subsiste, con todo, una tensión interna. Al comentar una segunda anécdota de Anas — sobre Corán 73, 6, aqwamu qîlan / aṣwabu qîlan —, Ibn Ŷinnî va más lejos: «esto da a entender que aquellas gentes atendían a los sentidos y se atenían a ellos; una vez captados y asegurados, se permitían cierta libertad en las expresiones que los vehiculan». Y enlaza con paralelos poéticos no coránicos, situando el fenómeno en una serie lingüística general más que en la doctrina de los aḥruf11. Los dos pasajes no dicen lo mismo; hay que citarlos juntos.

Otro caso está mejor atestiguado aún: Ibn Masʿûd recitando fa-mḍû ilâ dhikri Llâh en lugar de fa-sʿaw ilâ dhikri Llâh (62, 9), y justificando su lectura por el razonamiento: «si fuera fa-sʿaw, correría hasta perder el manto». Ibn ʿUmar atestigua además que ʿUmar recitó fa-mḍû hasta su muerte12.

Si esta lectura de los aḥruf es la correcta, se sigue una consecuencia grave: los siete aḥruf no serían siete textos revelados, sino una latitud concedida al recitador. Lo que la recensión de ʿUzmân habría suprimido no serían seis revelaciones, sino una libertad. Es, por lo demás, la posición de al-Bâqillânî y de al-Ṭaḥâwî, tal como los refiere al-Suyûṭî: la licencia de sustitución fue una rujṣa de los comienzos, ulteriormente abrogada.

Los registros de sentido

Una tercera familia identifica los siete aḥruf con siete categorías de contenido: «orden y prohibición, exhortación e intimidación, controversia, relatos y parábolas» (Abû Qilâba, mursal, en al-Ṭabarî); o, en Ibn Masʿûd, «prohibición y orden, lícito e ilícito, unívoco y equívoco, parábolas».

Estas categorías no pueden ser los siete aḥruf, y el corpus lo muestra por implicación. El hadiz de Abû Bakra yuxtapone en una misma frase los registros que no deben confundirse (castigo / misericordia) y los sinónimos autorizados (taʿâl, aqbil, halumma). Dicho de otro modo: las categorías de sentido son precisamente lo que no debe variar cuando la forma varía. Tomarlas por los siete aḥruf es confundir la regla con su objeto.

El anverso y el reverso

Queda una línea aparte, que tira del hadiz hacia la interioridad: «el Corán descendió según siete aḥruf; cada aleya tiene un anverso y un reverso» (li-kulli âyatin minhâ ẓahrun wa-baṭn), con esta continuación en ciertas versiones: «cada ḥarf tiene un límite, y cada límite un punto de ascenso» (wa-li-kulli ḥaddin maṭlaʿ).

El expediente crítico de este hadiz es instructivo por sí solo. Ibn Ḥibbân lo recoge en su Ṣaḥîḥ, pero con âya («cada aleya») y no ḥarf. Shuʿayb al-Arnaʾûṭ lo juzga «de cadena ḥasan, si Abû Isḥâq es en efecto al-Hamdânî como indica el autor; y débil si se trata de Ibrâhîm b. Muslim al-Haŷarî», juicio condicional que se cita demasiado a menudo sin su condición, y que el propio al-Arnaʾûṭ contradice en otro lugar al tenerlo por apoyado en dos cadenas débiles. Al-Suyûṭî lo declara ṣaḥîḥ, al-Albânî ḍaʿîf; Ibn Ḥazm lo declara mursal, «que no constituye prueba»13.

Lo llamativo en la posteridad de este dicho es su desprendimiento progresivo. Al-Gazâlî, en el libro sobre los modales de la recitación del Corán de la Iḥyâʾ, cita «el Corán tiene un anverso, un reverso, un límite y un punto de ascenso», pero sin la matriz de los siete aḥruf, que no menciona14. El motivo esotérico se separa así de su marco qirâʾâtico, y es bajo esta forma desprendida como lo hereda la tradición sufí. ¿Se trata de una forma y un fondo, o de un exotérico y un esotérico? Las dos lecturas no versan sobre el mismo objeto, y la historia de la transmisión las ha separado efectivamente.

Tipología de las variaciones atestiguadas

Antes que especular sobre el sentido de ḥarf, cabe inventariar lo que efectivamente varía en las lecturas transmitidas. La clasificación siguiente, en ocho tipos, va de lo más anodino a lo más grave.

  • Vocalización distinta, sentido único. sadd / sudd; udhun / udhn. Variación puramente fonética.
  • Vocalización distinta, sentido distinto. En 85, 21-22, según la vocal final, maḥfûẓ califica a la Tabla («una Tabla preservada») o al Corán mismo («un Corán glorioso… preservado»). La diferencia es sintáctica y teológicamente notable.
  • Puntos diacríticos distintos, rasm idéntico. taʿqilûn / yaʿqilûn; en 6, 57, yaquṣṣu l-ḥaqq («expone la verdad») / yaqḍî l-ḥaqq («decide según la verdad»); en 10, 22, yusayyirukum / yanshurukum («os hace andar» / «os dispersa»).
  • Rasm distinto, sentido idéntico. qâla / qul, pues la â larga no siempre se anotaba con alif en la escritura antigua; en 83, 31, fakihîn / fâkihîn; en 18, 74, zakiyya / zâkiya.
  • Rasm y sentido distintos. kânû hum ashadda minhum quwwatan / minkum: «más fuertes que ellos» o «más fuertes que vosotros».
  • Orden de las palabras alterado. En 3, 195, fa-yaqtulûna wa-yuqtalûn / fa-yuqtalûna wa-yaqtulûn: «matan y son matados» / «son matados y matan». En 50, 19, wa-ŷâʾat sakratu l-mawti bi-l-ḥaqq / sakratu l-ḥaqqi bi-l-mawt: «la agonía de la muerte vino con la verdad» / «la agonía de la verdad vino con la muerte»; al-Ṭabarî refiere esta segunda lectura del propio Abû Bakr al-Ṣiddîq.
  • Cambio en una sola letra. En 2, 132, waṣṣâ / awṣâ; en 36, 35, ʿamilathu aydîhim / ʿamilat sin el pronombre: «lo que sus manos han hecho» o «lo que sus manos no han hecho».
  • Cambio en una palabra. En 73, 6, aqwamu qîlan / aṣwabu qîlan; en 101, 5, ka-l-ʿihni l-manfûsh / ka-l-ṣûfi l-manfûsh, lectura de Ibn Masʿûd; en 18, 79, yaʾjudhu kulla safînatin gaṣban con la adición de ṣâliḥatin («toda embarcación en buen estado»), lectura atribuida a Ibn Masʿûd, Ubayy, Ibn ʿAbbâs y Saʿîd b. Ŷubayr. Aquí la variante ya no es un sinónimo: es una adición que cambia el alcance del relato de Jiḍr, restringiendo la incautación a las naves aún aptas para el servicio.

El tercer tipo merece una observación: una divergencia de esa índole indica que algunos conservaban el texto sin haberlo memorizado. Podía, pues, existir una versión conforme, memorizada, y otra descifrada. Es exactamente el punto en que tropezará la discusión moderna.

Dos casos mayores merecen tratamiento aparte. El dhakar y la unzâ (92, 1-3): la versión canónica tiene wa-mâ jalaqa l-dhakara wa-l-unzâ («y por lo que Él creó, el varón y la hembra»), pero Ibn Masʿûd — y, según Abû l-Dardâʾ, el propio Profeta — recitaban wa-l-dhakari wa-l-unzâ, sin mâ jalaqa. El episodio es notable por su desenlace: Abû l-Dardâʾ se niega explícitamente a seguir la lectura recibida: «por Dios, no los seguiré»15.

La ṣalât al-wusṭâ (2, 238): el muṣḥaf de ʿÂʾisha, como el de Ḥafṣa, tenía ḥâfiẓû ʿalâ l-ṣalawâti wa-l-ṣalâti l-wusṭâ wa-ṣalâti l-ʿaṣr, con la glosa «y la oración de la tarde» incorporada al texto. Los testimonios concuerdan, e Ibn Ḥaŷar señala una veintena de vías que la traen toda ella. Al-Barâʾ b. ʿÂzib presenta además el asunto como una abrogación: así se recitaba, y luego Dios lo abrogó16.

Este último caso es doblemente instructivo. Aporta una variante bien atestiguada; y muestra que la propia tradición vacila sobre su calificación: ¿ḥarf?, ¿glosa explicativa interpolada?, ¿aleya abrogada en su recitación? Las tres categorías se solapan, y es aquí donde el expediente de los siete aḥruf comunica con el del nasj.

La historia material del texto

La escritura árabe de las primeras décadas anota imperfectamente las consonantes y en absoluto las vocales breves. El recuento es preciso: de veintiocho letras, veintidós se reparten en nueve clases de homógrafos, y solo seis tienen forma propia. El esqueleto consonántico no cuenta, pues, más que quince formas distintas en posición inicial y medial, dieciocho en posición aislada y final.

Cronología de la puntuación: una corrección necesaria

Circula ampliamente una afirmación, incluso en repertorios de divulgación: la primera aparición de signos diacríticos sería «una inscripción de 677». Hay que corregirla en dos puntos.

Es identificable: se trata de la inscripción de la presa de Muʿâwiya cerca de Ṭâʾif (Sadd Saysad), fechada en el año 58 h. / 677-67817. Pero ya no es la más antigua. Tres testimonios la preceden: la inscripción nabateo-árabe de Raqush, en Madâʾin Ṣâliḥ (267 de la era cristiana); el papiro bilingüe PERF 558, en Egipto (22 h. / 643); y la inscripción de Zuhayr, en el noroeste de Arabia (24 h. / 644-645), que según sus editores presenta un sistema de signos diacríticos plenamente constituido18. En cuanto a Raqush, establece que la puntuación no es una invención islámica.

La afirmación de 677 no es, pues, un error: es un dato caducado, y su caducidad puede fecharse: vale para el estado del expediente epigráfico anterior a la publicación de la inscripción de Zuhayr en 2008.

Los demás hitos se presentan así. Las vocales breves se habrían anotado primero mediante puntos de color, sistema atribuido a Abû l-Aswad al-Duʾalî (m. 69/688). La puntuación consonántica sistemática del muṣḥaf se atribuye a Naṣr b. ʿÂṣim al-Layzî (m. 89/707-708), apodado Naṣr al-ḥurûf, y a Yaḥyâ b. Yaʿmar, bajo al-Ḥaŷŷâŷ. El sistema actual se atribuye a al-Jalîl b. Aḥmad al-Farâhîdî (m. 175/791); se difunde progresivamente a partir de finales del siglo IX19.

Estas atribuciones tradicionales están hoy en discusión. Los manuscritos ḥiŷâzíes más antiguos llevan ya diacríticos, esporádicos pero reales, y los documentos árabes no coránicos del mismo periodo presentan el mismo uso parco. La puntuación no es, pues, una invención fechable y atribuible a un hombre: es una práctica escribal continua, de la que los relatos sobre Abû l-Aswad y al-Ḥaŷŷâŷ constituyen una etiología retrospectiva20.

La tesis filológica y su contrapunto

François Déroche defiende una posición que invierte la perspectiva tradicional: numerosas variantes no se remontarían a una recitación plural de origen, sino al desciframiento de manuscritos ambiguos. La pluralidad de las lecturas sería en parte un efecto de la escritura, no un dato de la revelación21. La tesis tiene genealogía: Ignaz Goldziher la había formulado ya en 1920, haciendo de la ambigüedad del rasm la fuente primera de las variantes22.

La investigación de los últimos veinte años ha complicado considerablemente este cuadro, en dos direcciones opuestas.

De un lado, el arquetipo escrito único. Marijn van Putten parte de una observación mínima: el sintagma niʿmat allâh puede escribirse con tâʾ abierta o con tâʾ marbûṭa, y la grafía adoptada varía de una aparición a otra. Ahora bien, en catorce manuscritos antiguos la grafía es constante para cada aparición dada. Tal convergencia de idiosincrasias ortográficas solo se explica por la copia de un arquetipo escrito único. El corolario es claro: los manuscritos coránicos descienden, ya desde el siglo I, de un ejemplar escrito, lo que respalda de forma masiva el relato tradicional de una recensión ʿuzmânica23.

Del otro, la oralidad irreductible. Hythem Sidky cataloga 292 puntos de desacuerdo de puntuación consonántica entre los diez lectores canónicos y los somete a un análisis de componentes principales. Su resultado va contra Goldziher y matiza a Déroche: la estructura de los desacuerdos revela una tradición oral heredada, que se remonta a la recensión ʿuzmânica, y no una serie de desciframientos independientes de un texto mudo24.

Ambos resultados convergen en un punto: el rasm es tempranamente estable, y las qirâʾât no son invenciones de escribas perplejos. Lo que varía está en otra parte: en el detalle ortográfico, en el orden de las azoras, en la puntuación y la vocalización.

Lo que muestran los manuscritos

El códice Parisino-petropolitanus comprende 98 folios de un códice original estimado en 210-220. Es obra de cinco copistas que trabajaban con toda verosimilitud en paralelo, división del trabajo que presupone un ejemplar escrito del que copiar. Déroche lo data del tercer cuarto del siglo I/VII25.

El manuscrito de Birmingham ha dado una datación por radiocarbono de 568-645 de la era cristiana al 95,4 % de confianza, y pertenece al mismo códice que dieciséis folios parisinos. Van Putten ha mostrado que sus idiosincrasias ortográficas lo convierten claramente en descendiente del tipo textual ʿuzmânico, lo que excluye un origen pre-ʿuzmânico pese a la fecha alta del pergamino. El manuscrito de Tubinga da 649-675 con la misma confianza.

El códice Mashhad es el más elocuente: 251 folios, más del 90 % del texto, rasm ʿuzmânico pero orden de las azoras de Ibn Masʿûd, orden ulteriormente reordenado mediante corte y reencolado para ajustarse a la secuencia canónica26. La disociación entre estabilidad del rasm y libertad de la disposición se observa allí en un solo y mismo objeto.

El palimpsesto de Ṣanʿâʾ ocupa un lugar aparte: su capa inferior es, según sus editores, el único testigo subsistente de una tradición textual no ʿuzmânica. Sus variantes coinciden parcialmente con las atribuidas a Ibn Masʿûd y a Ubayy, sin identificarse con ninguna de las dos: el orden de las azoras sitúa allí al-Tawba tras al-Anfâl, al revés del orden atribuido a Ibn Masʿûd27. Asma Hilali ha visto en él no un muṣḥaf sino un ejercicio escribal; la tesis ha sido ampliamente rechazada, en particular por la reconstrucción codicológica de Éléonore Cellard, que concluye que se trata de un códice de factura profesional28.

Se impone aquí una observación de método: la datación por radiocarbono data la muerte del animal del que procede el pergamino, no la escritura. El expediente de Ṣanʿâʾ ofrece la demostración experimental, pues ciertos folios arrojan intervalos anteriores a la predicación misma.

Es a partir de este testigo como Déroche formula su hipótesis más fuerte: las azoras estarían ya en gran medida constituidas antes de la muerte del Profeta, dependiendo la vulgata y la capa inferior de Ṣanʿâʾ de colecciones donde se había consignado la enseñanza profética; en cambio, la secuencia de las azoras no se habría estabilizado. El códice Mashhad apunta en el mismo sentido.

El «segundo proyecto de los maṣâḥif»

Omar Hamdan sostiene que una empresa llevada a cabo en Wâsiṭ en 84-85 h. / 703-704, bajo al-Ḥaŷŷâŷ b. Yûsuf y con patrocinio califal, desempeñó un papel decisivo en la consolidación del texto: puntuación diacrítica, recuento de letras y aleyas, divisiones del texto, distribución autoritativa de ejemplares, lectura pública sobre el códice en las mezquitas29.

Se imponen tres precisiones, pues este expediente se deforma con frecuencia. Primero, Hamdan no sostiene que al-Ḥaŷŷâŷ modificara el texto: refuta explícitamente esa lectura, señala que el objetivo principal era la imagen política omeya, y subraya que al-Ḥaŷŷâŷ fracasó en normalizar lo oral. Segundo, la tesis ha sido seriamente criticada: Nicolai Sinai le reprocha presuponer un proyecto editorial unificado según el modelo de un relato tardío, sin considerar que ese relato pueda ser una puesta en orden retrospectiva; Alain George advierte en ella una confusión entre vocalización y diacríticos, y recuerda que los diacríticos están atestiguados al menos medio siglo antes30.

Tercero — y este es el punto más interesante — se dibuja un acuerdo parcial sobre un terreno preciso. Van Putten, aun descartando la idea de una refundición del rasm bajo al-Ḥaŷŷâŷ, observa que el alif es justamente la letra en la que no se observa la fidelidad a las idiosincrasias de un arquetipo único, y sugiere que un proceso de ese tipo pudo efectivamente producirse; Sinai, por su parte, defiende la datación tradicional del rasm «salvo ciertos rasgos ortográficos». Las tres posiciones convergen, pues, hacia una reforma limitada a la ortografía, permaneciendo ʿuzmânico el esqueleto consonántico.

Un último punto de método. En 24, 10, un manuscrito trae una lección muy divergente en la que cabría la tentación de ver un ḥarf perdido. Pero la aleya 24, 21 trae precisamente la fórmula en cuestión: la hipótesis de una contaminación por homoioteleuton — el más banal de los errores de copista — es aquí la más económica. No toda variante es un ḥarf, y una historia crítica del texto debe saber distinguir la variante transmitida del accidente material.

De los aḥruf a las qirâʾât: una confusión y su denuncia

La posición de al-Ṭabarî es inequívoca: los musulmanes de hoy solo recitan según el único ḥarf que su imam — ʿUzmân — escogió para ellos, con exclusión de los otros seis31. Es la tesis más coherente y la más costosa. Coherente, porque explica sin rodeos la unificación ʿuzmânica. Costosa, porque admite que seis séptimos de lo que fue revelado ya no se recita. Ibn al-Yazarî defenderá la posición contraria: los siete aḥruf están contenidos en lo que el rasm ʿuzmânico porta.

En 324/936, Abû Bakr Ibn Muyâhid publica su Kitâb al-Sabʿa fî l-qirâʾât y retiene siete lectores: Nâfiʿ (Medina, m. 169/785), Ibn Kazîr (La Meca, m. 120/738), Abû ʿAmr b. al-ʿAlâʾ (Basora, m. 154/770), Ibn ʿÂmir (Damasco, m. 118/736), ʿÂṣim (Kufa, m. 127/745), Ḥamza (Kufa, m. 156/773) y al-Kisâʾî (Kufa, m. 189/804). La selección es masivamente reductora: circulaban entonces al menos unas cincuenta lecturas32.

Y está respaldada por el poder: los dos procesos (miḥna) de Ibn Miqsam (322/934) y de Ibn Shannabûdh (323/935), bajo el visir Ibn Muqla, enmarcan cronológicamente la empresa. Merecen leerse juntos, pues condenan excesos simétricos y opuestos. Ibn Miqsam sostenía que toda lectura lingüísticamente válida y compatible con el rasm es lícita, esto es, el rasm como matriz abierta, sin isnâd. Ibn Shannabûdh recitaba públicamente, en la oración, variantes de Ibn Masʿûd y de Ubayy divergentes del rasm, esto es, el isnâd contra el texto escrito; fue desnudado y azotado, tras alegar sin efecto que cada una de sus lecturas descansaba en cadenas impecables. La canonización exige, pues, la conjunción del rasm y del isnâd: ninguno basta por sí solo.

La denuncia medieval de la ecuación «siete igual a siete»

Aquí el expediente reserva su mayor sorpresa: la identificación de las siete lecturas con los siete aḥruf fue denunciada por los propios especialistas, y en los términos más vivos.

Al-Mahdawî (m. 430/1039) acuñó un neologismo que ha quedado célebre: «quien septenarizó a estos siete (musabbiʿ hâʾulâʾi l-sabʿa) hizo lo que no debía hacer; enredó al común hasta hacerle ignorar lo que no le estaba permitido ignorar, e hizo creer a toda mente corta que son esas las que menciona el hadiz profético». Makkî b. Abî Ṭâlib (m. 437/1045): «quien se imagina que la lectura de cada uno de estos lectores es uno de los siete aḥruf estipulados por el Profeta comete un desatino». Abû Shâma (m. 665/1267) juzga la noción «contraria al consenso de la gente de ciencia». Ibn Taymiyya: «no hay divergencia entre los sabios dignos de consideración en que los siete aḥruf mencionados por el Profeta no son las lecturas de los siete lectores célebres»33.

Ibn al-Yazarî (m. 833/1429), en fin, dedica a la cuestión un desarrollo entero y no se muerde la lengua. Declara haber extendido este capítulo «porque nos ha llegado que algunos, desprovistos de ciencia, pretenden que las lecturas auténticas son las de esos siete, o que los siete aḥruf a los que aludió el Profeta son la lectura de esos siete». Y añade este diagnóstico:

Más aún: ha prevalecido entre muchos ignorantes que las lecturas auténticas son las que figuran en la Shâṭibiyya y el Taysîr, y que son esas las que designa la palabra del Profeta: «el Corán descendió según siete aḥruf»34.

Dicho de otro modo: el canon acabó identificándose con sus manuales de enseñanza. Es un fenómeno de reificación que reaparecerá, seis siglos después, con la edición de El Cairo.

El veredicto de la investigación moderna

Christopher Melchert coincide con la tradición en este punto, y va más lejos: la identificación de los siete aḥruf con las siete lecturas le parece contraria a la razón y sin apoyo en la tradición islámica. Discute además que el proceso de Ibn Miqsam tuviera relación alguna con los Siete, pues los relatos versan todos sobre la interpretación del esqueleto consonántico y el apartamiento de la tradición recibida. Señala, por último, que el propio Ibn Muyâhid fue poco escrupuloso con las cadenas, describiéndose la lectura de Nâfiʿ como su síntesis personal de cinco lecturas medinesas35.

Una cuestión queda abierta, y así debe dejarse: no se sabe si el propio Ibn Muyâhid invocó nunca el hadiz de los siete aḥruf para justificar su selección36. Déroche escribe, prudentemente, que no cabe excluir que la elección buscara confundir ambas realidades, y recuerda que sabios medievales se lo reprocharon. El lamento de al-Mahdawî — deseaba que Ibn Muyâhid hubiera escogido otro número — sugiere más bien un efecto no premeditado que un designio.

Lo cierto, en cambio, es que la equivalencia es aritméticamente insostenible: el número canónico no es fijo. Ibn al-Yazarî lo elevó a diez añadiendo a Abû Ŷaʿfar (Medina, m. 130/747), Yaʿqûb al-Ḥaḍramî (Basora, m. 205/820) y Jalaf al-ʿÂshir (Bagdad, m. 229/843). Y al-Dimyâṭî (m. 1117/1705) cuenta catorce37.

Lo que el sistema debe a sus codificadores

Tres precisiones históricas previenen anacronismos corrientes.

El sistema «siete lectores × dos transmisores» no es de Ibn Muyâhid. Este documenta, por el contrario, múltiples transmisores por lector. La reducción a dos râwî es obra de la tradición andalusí: toma forma con Ibn Galbûn (m. 389/999), la sistematiza al-Dânî (m. 444/1053) en al-Taysîr y la cristaliza al-Shâṭibî (m. 590/1194). Esto es, unos doscientos cincuenta años después de la selección de los siete, y aplicada retroactivamente38.

Los tres círculos no son concéntricos. Los Siete datan de 324/936, los Diez de la primera mitad del siglo IX/XV, los Catorce del XII/XVIII. Son tres gestos distintos, separados por siglos y realizados en tres contextos políticos sin relación: la Bagdad abasí, el mundo mameluco tardío, el Egipto otomano.

La frontera del canon no separa hombres sino transmisiones. Al-Dûrî es transmisor de dos de los Siete — directamente de al-Kisâʾî, indirectamente de Abû ʿAmr — y su intermediario hacia Abû ʿAmr, al-Yazîdî, es él mismo uno de los cuatro lectores clasificados como shâdhdha. Jalaf es a la vez transmisor de Ḥamza y décimo lector. El canon recorta cadenas, no personas.

Las recensiones concurrentes

Déroche contrapone la indeterminación de la palabra ḥarf a una situación histórica perfectamente clara: aquella en que los opositores a ʿUzmân le reprochaban haber reducido a uno un Corán que era múltiple. El hadiz de los siete aḥruf afirmaba, en todas sus versiones, que la variación formaba parte integrante de la transmisión; pero ¿qué variación? Los sabios medievales no lo dilucidaron.

Dos hechos señalan la persistencia de recensiones concurrentes mucho después de la recensión. Mâlik b. Anas rechazaba la validez de la oración cumplida con el texto de Ibn Masʿûd, y apeló a las autoridades abasíes para bloquear su difusión, lo que presupone una difusión que bloquear. Saʿîd b. Ŷubayr recitaba durante el Ramadán un día la versión de Ibn Masʿûd, al día siguiente la de ʿUzmân. Este segundo testimonio es el más elocuente: supone que ambas versiones coexistían sin que una anulara la otra, en la práctica devocional de un tâbiʿî de primer orden.

Déroche sugiere que la oralidad pudo desempeñar un papel mayor en esta versión, cuyos transmisores aceptaban quizá el recurso a sinónimos, lo que explicaría las diferencias observadas entre sus transmisiones. En el siglo X, al-Nadîm podía aún declarar haber visto varios maṣâḥif presentados como la versión de Ibn Masʿûd, y que diferían entre sí.

Bergsträsser y Pretzl estimaban que la expresión era allí más clara que en la recensión ʿuzmânica, y el vocabulario más corriente. El argumento merece invertirse: en crítica textual, el principio de la lectio difficilior querría que un texto más claro sea más tardío, pues la dificultad tiende a allanarse en el curso de las copias. Su juicio, que parece valorar el códice de Ibn Masʿûd, abogaría más bien, en este punto preciso, contra su anterioridad.

Merece mención una huella material. La lectura de Ibn Masʿûd en 2, 137 — fa-in âmanû bi-mâ âmantum bihi en lugar de bi-mizli mâ âmantum bihi — está atestiguada a la vez por los exegetas y por al menos un manuscrito antiguo. Al-Mâturîdî refiere de Ibn ʿAbbâs una justificación teológica: no leer bi-mizli, «pues Dios no tiene semejante»; al-Qurṭubî señala la misma lectura en el ḥarf de Ibn Masʿûd. Déroche extrae de ello una observación cronológica: a comienzos del siglo VIII era aún posible incorporar una lectura de otra versión en un ejemplar por lo demás canónico, y ello cuando las autoridades se esforzaban por impedir la producción de copias divergentes.

Déroche formula una constatación que puede servir de síntesis: la propia tradición musulmana conoce diversas huellas de variación en la formulación del texto. Algunas se tienen, al menos en parte, por parte de la revelación. Otras fueron excluidas con el tiempo — así la posibilidad de emplear sinónimos —, pero su recuerdo se conservó en una literatura especializada.

Es quizá la formulación más justa del enigma: los siete aḥruf no son un secreto perdido; son un recuerdo conservado. La literatura de las qirâʾât, de los maṣâḥif y del nasj es precisamente el lugar donde la tradición archivó lo que había dejado de practicar.

El nudo teológico

Los expedientes de los siete aḥruf y de la abrogación comunican, y la frontera entre ambos es porosa. La ṣalât al-wusṭâ se presenta ora como variante de lectura, ora como aleya abrogada en su recitación. El hadiz de Abû Mûsâ al-Ashʿarî — que declara haber recitado una azora «que comparábamos en extensión y severidad con Barâʾa», de la que ya solo recuerda una aleya — pertenece al mismo complejo39. Ambas nociones realizan la misma operación — dar cuenta de un material que fue coránico y ya no lo es —, pero la imputan a agentes distintos: la decisión de un califa en un caso, un acto divino en el otro. La elección entre ambas calificaciones no es filológica: es teológica.

La aleya 15, 9 — innâ naḥnu nazzalnâ l-dhikra wa-innâ lahu la-ḥâfiẓûn — promete la preservación del Recuerdo. ¿Cómo conciliarla con la desaparición de seis aḥruf? Dos respuestas clásicas. La primera restringe el alcance de la promesa: recae sobre el ḥarf retenido, único destinado a perdurar. La segunda integra la supresión en el propio acto divino, apoyándose en 87, 6-7: «Te haremos recitar, y no olvidarás, salvo lo que Dios quiera». La excepción se lee como referida precisamente a lo que Dios quiere hacer olvidar. Lo que desaparece no desaparece, pues, contra la preservación: desaparece por ella.

La paradoja del tawâtur

El punto más notable del expediente teológico ha pasado casi inadvertido fuera de los círculos especializados. Al frente de al-Nashr, Ibn al-Yazarî enuncia las tres condiciones de validez de una lectura:

Toda lectura que concuerde con la lengua árabe, aunque sea en un solo aspecto, que concuerde con uno de los códices ʿuzmânicos, aunque sea de manera aproximada, y cuya cadena de transmisión sea sólida, esa es la lectura ṣaḥîḥa, que no está permitido rechazar ni es lícito repudiar; pertenece, antes bien, a los siete aḥruf según los cuales descendió el Corán. […] Y en cuanto falta uno de estos tres pilares, se la califica de débil, anómala o nula, provenga de los Siete o de quienes son mayores que ellos40.

La tercera condición es la solidez de la cadena (ṣiḥḥat al-sanad), no el tawâtur, la transmisión por un número de informantes que excluya el acuerdo en la mentira. Ibn al-Yazarî se explica, y la confesión es directa: «Yo me inclinaba antaño hacia esa opinión, y luego su vacuidad se me hizo patente».

Su argumento es reduccionista, no apologético, y ahí radica su valor. Primero: si el tawâtur estuviera establecido, las otras dos condiciones resultarían superfluas, pues una variante mutawâtira que contradijera el rasm debería aceptarse, lo que arruina el sistema de tres condiciones. Segundo: si se exigiera el tawâtur para cada variante, «gran parte de las variantes establecidas de esos mismos siete imames desaparecería». La exigencia de tawâtur destruiría el canon que pretende fundar.

No fue el primero en verlo. Makkî b. Abî Ṭâlib escribía ya que el criterio es la conjunción de los tres elementos, «aunque lo hubieran transmitido setenta mil informantes», recusación explícita del recuento como criterio. Y Abû Shâma concedía que el tawâtur no se realiza para todas las variantes, proponiendo un criterio de repliegue por la notoriedad.

La paradoja es esta: quien abandona el tawâtur como condición es aquel a partir del cual el tawâtur se vuelve dogma. Un siglo después, al-Suyûṭî incorpora el criterio yazariano pero lo subordina: hace de él la definición de la categoría mashhûr, situada bajo el mutawâtir en una tipología de seis grados. Lo que en Ibn al-Yazarî era el criterio soberano pasa en él a ser categoría de segundo rango. Es una neutralización, no una recepción. Shady Nasser formula el resultado en términos modernos: la transmisión de las lecturas no satisface las condiciones del tawâtur tal como las definen los uṣûliyyûn, de donde una tensión duradera entre la transmisión del texto escrito y la de su recitación oral41.

La posición imâmí

La tradición duodecimana ofrece un contrapunto útil, y más matizado de lo que suele decirse. Al-Kulaynî refiere que al-Fuḍayl b. Yasâr preguntó a Ŷaʿfar al-Ṣâdiq: «la gente dice que el Corán descendió según siete aḥruf». La respuesta: «Han mentido, los enemigos de Dios. Descendió según un solo ḥarf, de junto al Uno»42. El juego sobre la unicidad — un solo ḥarf, venido del Uno — soporta todo el argumento. Un hadiz vecino, de Zurâra según al-Bâqir, no menciona los siete aḥruf pero imputa la divergencia a la transmisión: «el Corán es uno, descendido de junto al Uno; pero la divergencia viene de los informantes».

Detalle sabroso: al-Maŷlisî califica el hadiz polémico de ḥasan, y el conciliador de ḍaʿîf. En ambas tradiciones, la calificación sigue de buen grado el envite doctrinal.

La posición doctrinal es antigua y estable: al-Ṭûsî escribe que «lo conocido de la doctrina de nuestros compañeros, y lo extendido en sus tradiciones, es que el Corán descendió según un solo ḥarf, sobre un solo profeta», señalando acto seguido que coinciden en la licitud de recitar según las lecturas en uso. Al-Ṭabrisî y, en la época contemporánea, al-Jûʾî retoman la posición, objetando este último que el hadiz «no remite a ningún sentido inteligible»43. Pero el corpus imâmí no es monolítico: al-Ṣadûq dedica en al-Jiṣâl un capítulo titulado «el Corán descendió según siete aḥruf», donde refiere tradiciones que los afirman. El consenso del ḥarf wâḥid se construyó, pues, doctrinalmente, marginando esos relatos, exactamente como la tradición sunní construyó el suyo marginando los relatos de tres o diez aḥruf.

Una rujṣa vuelta dogma

Conviene nombrar el desplazamiento central de toda esta historia. Lo que el hadiz presenta como una dispensa concedida a una comunidad de iletrados fue transformado por la tradición posterior en propiedad permanente del texto revelado, y luego en prueba de su riqueza inagotable.

El movimiento se prolonga hasta la época contemporánea. La edición de El Cairo, publicada el 10 de julio de 1924 / 7 de dhû l-ḥiŷŷa de 1342, fija un texto según la sola transmisión de Ḥafṣ por ʿÂṣim. No procede de manuscritos antiguos, sino de los tratados normativos medievales — al-Dânî para el rasm, Abû Dâwûd Sulaymân b. Naŷâḥ y al-Tanasî para el ḍabṭ —, método ya aplicado por al-Mujallalâtî en su edición de 1308/1890. Su pretensión de validez descansa, como escribe Gabriel Said Reynolds, «no en la antigüedad, sino en la canonicidad»: se trataba de escoger un texto, no de recuperarlo44.

Dos detalles completan el cuadro. El apéndice de la edición califica de «errores» las variantes de los ejemplares escolares que venía a reemplazar, y buen número de esos ejemplares fueron destruidos por inmersión en el Nilo, gesto que Reynolds acerca explícitamente a los atribuidos a ʿUzmân y a al-Ḥaŷŷâŷ. En cuanto al presidente del comité, Muḥammad b. ʿAlî al-Ḥusaynî al-Ḥaddâd, shayj al-maqâriʾ de Egipto, es autor de una refutación de Ṭâhâ Ḥusayn en la que sostiene que la lectura actual del Corán es exactamente la del Profeta y no cabe remitirla a los dialectos de las tribus árabes. La tesis teológica y el acto editorial son aquí un solo y mismo gesto.

Un último punto merece corrección, pues circula por doquier: la cifra del 95 % de musulmanes que recitarían según Ḥafṣ no tiene fuente identificable. Su versión más difundida, que reparte las riwâyât por porcentajes, suma 109 %. Parece derivar de una afirmación referida a los países y no a las personas. La única constatación firmemente fechada sigue siendo la de Otto Pretzl quien, en 1938, se asombraba de hallar «casi únicamente la lectura de Ḥafṣ por ʿÂṣim aún conocida y empleada», y se asombraba, precisamente, porque la cosa era reciente45. Ḥafṣ no se había impuesto en el mundo árabe y musulmán antes de que los otomanos hicieran de ella la lectura oficial del Imperio.

El predominio de Ḥafṣ es, pues, un hecho moderno. Y la aportación propia de 1924 no es «Ḥafṣ antes que Warsh» — Ḥafṣ era ya la norma egipcia — sino esta Ḥafṣ y no aquellas: la edición resolvió una indeterminación interna a la transmisión, pues se reivindicaban para ella cuatro ṭuruq. Tampoco han desaparecido las demás riwâyât: el complejo del rey Fahd, en Medina, imprime hoy Warsh para el Magreb, al-Dûrî para Sudán y África, Qâlûn para Libia. La pluralidad no ha muerto; se ha vuelto regional y residual, identificada como excepción allí donde Ḥafṣ se ha convertido en el texto por defecto.

Conclusión

El hadiz está sólidamente transmitido; su objeto no lo está. Esta disociación es el dato central del problema, y las treinta y cinco opiniones recogidas por Ibn Ḥibbân son su síntoma, no su riqueza.

Las tres grandes respuestas no son compatibles entre sí. La tesis dialectal tropieza con el hecho de que ʿUmar y Hishâm eran ambos qurayshíes. La tesis de los registros de sentido confunde la regla con su objeto, pues esos registros son precisamente lo que la cláusula restrictiva prohíbe alterar. Queda la tesis de la licencia sinonímica, la mejor sostenida por los hechos de transmisión, pero tiene un coste que sus partidarios medievales vieron: lo que la recensión suprimió no son entonces seis revelaciones, sino una libertad.

La filología moderna no niega la pluralidad: redistribuye sus causas. Una parte corresponde a la ambigüedad del rasm, otra a la libertad antigua de los recitadores, otra a los accidentes de copia. Pero la investigación reciente corrige ese marco en ambos sentidos: van Putten establece un arquetipo escrito único ya desde el siglo I, y Sidky muestra, mediante el análisis de los 292 desacuerdos de puntuación entre los diez lectores, que una tradición oral heredada subyace a las qirâʾât. No son desciframientos de escribas perplejos.

La coincidencia entre los siete aḥruf y las siete qirâʾât es un accidente de historia institucional. Disiparla no es audacia crítica: es repetir lo que ya decían al-Mahdawî, Makkî, Abû Shâma, Ibn Taymiyya e Ibn al-Yazarî. Este último llegó incluso a diagnosticar el mecanismo: el canon confundido con sus manuales de enseñanza. Y el sistema canónico debe a sus codificadores tardíos más de lo que se cree: el esquema de dos transmisores es andalusí y posterior en dos siglos y medio; los Diez son del siglo XV, los Catorce del XVIII; y la doctrina del tawâtur, hoy tenida por evidente, fue explícitamente recusada por el mismo que fijó el canon de los Diez.

Lo que queda, en fin, es un recuerdo conservado. La tradición archivó en una literatura especializada — qirâʾât, maṣâḥif, nâsij wa-mansûj — lo que había dejado de practicar, en lugar de borrarlo. Transmitió los relatos que la incomodaban: Abû l-Dardâʾ negándose a seguir la lectura recibida, ʿUmar recitando fa-mḍû hasta su muerte, Saʿîd b. Ŷubayr alternando las dos recensiones durante el Ramadán, Ibn al-Yazarî confesando haberse equivocado. Es una forma de honradez documental que hay que reconocerle, y de la que este artículo no habrá sido más que un uso.

Para profundizar


Notas y referencias

  1. Al-Bujârî, al-Ŷâmiʿ al-ṣaḥîḥ, kitâb Faḍâʾil al-Qurʾân, n.º 4992; Muslim, al-Ṣaḥîḥ, kitâb Ṣalât al-musâfirîn, n.º 818.
  2. Al-Ṭaḥâwî, Sharḥ mushkil al-âzâr, n.os 3111-3112.
  3. Al-Ṭabarî, Ŷâmiʿ al-bayân ʿan taʾwîl ây al-Qurʾân, muqaddima.
  4. Sobre las versiones de tres y de diez aḥruf, véase al-Albânî, Ḍaʿîf al-Ŷâmiʿ al-ṣagîr, n.os 1336 y 1339, que tiene ambas por débiles; al-Suyûṭî, sin embargo, retenía la primera como auténtica en al-Ŷâmiʿ al-ṣagîr.
  5. Al-Ṭaḥâwî, Sharḥ mushkil al-âzâr, n.º 3101 (de Abû Hurayra); al-Ṭabarî, Ŷâmiʿ al-bayân, muqaddima (de Abû Ṭalḥa).
  6. Al-Suyûṭî, al-Itqân fî ʿulûm al-Qurʾân, nawʿ 16, sección «al-aqwâl fî l-murâd bi-l-aḥruf al-sabʿa».
  7. Ibn ʿAbd al-Barr, al-Tamhîd.
  8. Ibn al-Yazarî, al-Nashr fî l-qirâʾât al-ʿashr, muqaddima, sección sobre la naturaleza de la divergencia entre los aḥruf.
  9. Al-Suyûṭî, al-Itqân, nawʿ 16, novena opinión; al-Qurṭubî, al-Ŷâmiʿ li-aḥkâm al-Qurʾân, muqaddima, capítulo sobre los siete aḥruf.
  10. Ibn Ŷinnî, al-Muḥtasab fî tabyîn wuŷûh shawâdhdh al-qirâʾât, i, sobre Corán 9, 57.
  11. Ibn Ŷinnî, al-Muḥtasab, ii, sobre Corán 73, 6.
  12. Ibn Ḥaŷar al-ʿAsqalânî, Fatḥ al-Bârî, comentario a la azora al-Ŷumuʿa.
  13. Ibn Ḥibbân, Ṣaḥîḥ (recensión de Ibn Balbân), n.º 75, con el juicio condicional de Shuʿayb al-Arnaʾûṭ; cf. su Tajrîŷ Sharḥ al-sunna, donde lo tiene por débil. Al-Suyûṭî, al-Ŷâmiʿ al-ṣagîr, n.º 2712 (ṣaḥîḥ); al-Albânî, Ḍaʿîf al-Ŷâmiʿ, n.º 1338, y Silsilat al-aḥâdîz al-ḍaʿîfa, n.º 2989 (ḍaʿîf); Ibn Ḥazm, al-Iḥkâm fî uṣûl al-aḥkâm.
  14. Al-Gazâlî, Iḥyâʾ ʿulûm al-dîn, kitâb Âdâb tilâwat al-Qurʾân, cuarto bâb.
  15. Al-Bujârî, n.º 4944; Muslim, n.º 824.
  16. Muslim, n.º 629; Abû Dâwûd; al-Ṭaḥâwî, Sharḥ maʿânî l-âzâr; Ibn Ḥaŷar, al-Kâfî al-shâf.
  17. George C. Miles, «Early Islamic Inscriptions near Ṭāʾif in the Ḥijāz», Journal of Near Eastern Studies 7 (1948), pp. 236-242.
  18. ʿAlî b. Ibrâhîm Gabbân y Robert Hoyland, «The inscription of Zuhayr, the oldest Islamic inscription (24 AH/AD 644-645), the rise of the Arabic script and the nature of the early Islamic state», Arabian Archaeology and Epigraphy 19 (2008), pp. 209-237.
  19. François Déroche, Le Coran, París, PUF, «Que sais-je?», 2017, cap. IV.
  20. Adam Bursi, «Connecting the Dots: Diacritics, Scribal Culture, and the Qurʾān in the First/Seventh Century», Journal of the International Qurʾanic Studies Association 3 (2018), pp. 111-157.
  21. François Déroche, Le Coran, une histoire plurielle. Essai sur la formation du texte coranique, París, Seuil, 2019.
  22. Ignaz Goldziher, Die Richtungen der islamischen Koranauslegung, Leiden, Brill, 1920.
  23. Marijn van Putten, «»The Grace of God» as evidence for a written Uthmanic archetype: the importance of shared orthographic idiosyncrasies», Bulletin of the School of Oriental and African Studies 82/2 (2019), pp. 271-288.
  24. Hythem Sidky, «Consonantal Dotting and the Oral Quran», Journal of the American Oriental Society 143/4 (2023), pp. 785-814.
  25. François Déroche, La transmission écrite du Coran dans les débuts de l’islam: le codex Parisino-petropolitanus, Leiden, Brill, 2009.
  26. Morteza Karimi-Nia, «A New Document in the Early History of the Qurʾān: Codex Mashhad, an ʿUthmānic Text of the Qurʾān in Ibn Masʿūd’s Arrangement of Sūras», Journal of Islamic Manuscripts 10/3 (2019).
  27. Behnam Sadeghi y Mohsen Goudarzi, «Ṣanʿāʾ 1 and the Origins of the Qurʾān», Der Islam 87 (2012), pp. 1-129; cf. Behnam Sadeghi y Uwe Bergmann, «The Codex of a Companion of the Prophet and the Qurʾān of the Prophet», Arabica 57/4 (2010), pp. 343-436.
  28. Asma Hilali, The Sanaa Palimpsest: The Transmission of the Qurʾan in the First Centuries AH, Oxford, Oxford University Press, 2017; para la respuesta codicológica, Éléonore Cellard, «Les manuscrits coraniques anciens», en Le Coran des historiens, dir. M. A. Amir-Moezzi y G. Dye, París, Cerf, 2019, vol. 1.
  29. Omar Hamdan, «The Second Maṣāḥif Project: A Step Towards the Canonization of the Qurʾanic Text», en A. Neuwirth, N. Sinai y M. Marx (eds.), The Qurʾān in Context, Leiden, Brill, 2010, pp. 795-835.
  30. Nicolai Sinai, «When did the consonantal skeleton of the Quran reach closure? Part I», BSOAS 77/2 (2014), pp. 273-292; Alain George, «Coloured Dots and the Question of Regional Origins in Early Qurʾans (Part I)», Journal of Qurʾanic Studies 17/1 (2015), pp. 1-44.
  31. Al-Ṭabarî, Ŷâmiʿ al-bayân, muqaddima; cf. Ibn Kazîr, Faḍâʾil al-Qurʾân.
  32. Shady Hekmat Nasser, The Second Canonization of the Qurʾān (324/936): Ibn Mujāhid and the Founding of the Seven Readings, Leiden, Brill, 2020.
  33. Estos cuatro juicios los reúne Ibn al-Yazarî, al-Nashr, muqaddima, en el capítulo donde refuta la identificación.
  34. Ibn al-Yazarî, al-Nashr, muqaddima. La Shâṭibiyya es el poema didáctico de al-Shâṭibî (m. 590/1194); el Taysîr es el manual de al-Dânî (m. 444/1053).
  35. Christopher Melchert, «Ibn Mujāhid and the Establishment of Seven Qurʾanic Readings», Studia Islamica 91 (2000), pp. 5-22.
  36. Gabriel Said Reynolds, «Introduction: Quranic Studies and its Controversies», en The Qurʾān in Its Historical Context, Londres y Nueva York, Routledge, 2008, pp. 1-25, n. 7.
  37. Ibn al-Yazarî, al-Nashr fî l-qirâʾât al-ʿashr; al-Dimyâṭî, Itḥâf fuḍalâʾ al-bashar bi-l-qirâʾât al-arbaʿa ʿashar.
  38. Shady Hekmat Nasser, The Second Canonization of the Qurʾān, sobre la formación del esquema de dos transmisores en la tradición andalusí.
  39. Muslim, n.º 1050.
  40. Ibn al-Yazarî, al-Nashr, muqaddima, sección «arkân al-qirâʾa al-ṣaḥîḥa». Las citas siguientes proceden del mismo pasaje.
  41. Shady Hekmat Nasser, The Transmission of the Variant Readings of the Qurʾān: The Problem of Tawātur and the Emergence of Shawādhdh, Leiden, Brill, 2013.
  42. Al-Kulaynî, al-Kâfî, ii, kitâb Faḍl al-Qurʾân, bâb al-nawâdir; calificaciones en al-Maŷlisî, Mirʾât al-ʿuqûl.
  43. Al-Ṭûsî, al-Tibyân fî tafsîr al-Qurʾân, muqaddima; al-Ṭabrisî, Maŷmaʿ al-bayân, muqaddima; al-Jûʾî, al-Bayân fî tafsîr al-Qurʾân.
  44. Gabriel Said Reynolds, «Introduction: Quranic Studies and its Controversies», op. cit., pp. 1-4; sobre la edición misma, Gotthelf Bergsträsser, «Koranlesung in Kairo», Der Islam 20/1 (1932), pp. 1-42.
  45. Otto Pretzl, «Aufgaben und Ziele der Koranforschung», Actes du XXe Congrès international des orientalistes, Lovaina, 1940, pp. 328-329.

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